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Deprisa y corriendo

Vivimos en una sociedad en la que absolutamente todo lo que hacemos tiene que ser para antes de ayer y bien hecho. Incluso en la educación metemos quinta sin pararnos a pensar en las consecuencias que puede acarrear no respetar los tiempos de un individuo.


Normalmente, cuando se piensa en aumentar la familia con peludos, suelen ser los cachorros los que más éxito tienen.


Pako cuando llego a su hogar definitivo.

Creo imprescindible entender que cada perro es único, aun teniendo características típicas de una raza. La personalidad de nuestro compañero depende de muchas cosas, pero un factor clave será la madre de este ya que parte del comportamiento heredado se pasa de esta al cachorro por el ADN mitocondrial. Saber cómo se quedó embarazada, cómo fue el embarazo y el parto incluso cómo fue la relación que tuvo con esta y sus hermanos en sus primeros meses de vida puede ayudarnos a entender parte de su comportamiento.


Debemos entender también, que un perro no es adulto hasta sus dos años de edad aproximadamente. Durante estos dos años el perro estará desarrollándose física y emocionalmente. Al año de edad los perros suelen presentar ya su forma y tamaño de adultos, pero esto no quiere decir que lo sean por lo que no debemos exigirles lo mismo que a un adulto. Estos dos años se dividen en varias etapas de crecimiento emocional que deben ser respetadas. Existe la falsa idea de que a los cachorros hay que socializarlos cuanto antes y de manera exagerada. Los cachorros, igual que los bebés, no llegan al mundo sabiendo lo que hay, debemos presentárselo poco a poco.


Cuando un cachorro a alcanzado la edad de conocer mundo, unos 3 meses, empiezan a curiosear, sobre todo con la boca. Los estímulos visuales y auditivos irán llegando poco a poco. Más adelante, a partir de los 5 meses, podremos dejarle interactuar con su entorno. Es más, es necesario para ellos empezar a conocer a otros individuos de su propia especie, porque no hay mejor profesor que un igual.



Con el tiempo llega el juego bruto, el despertar sexual y el momento de empezar a tomar decisiones por ellos mismos. Como podéis ver no son tan diferentes a nosotros, solo necesitan que nosotros, como humanos, respetemos sus tiempos de desarrollo.


Sé que no es fácil.


Adopté a Ziur hace 4 años y medio. Él tenía dos meses y yo no tenía ni idea de etología canina. Las dos primeras semanas me las pasé llorando en el sofá de mi casa, desesperada, exigiendo a un renacuajo que dejara de morderme, de destrozarme la casa. Llegué a cuestionarme su adopción. Le exigí que no tirara de la correa, que se sentara antes de comer, que caminara a mi lado por la calle. ¿Qué conseguí? Un perro inseguro, con muchos miedos que no era capaz de separarse de mi ni cuando iba al baño.


Ziur cuando llegó a mi vida.

Ahora sé que no respeté sus tiempos, su aprendizaje. Siento que he mermado su capacidad de ser un individuo independiente, feliz, seguro y orgulloso de sus capacidades. Me pongo en su lugar y me doy cuenta de que muchos de nosotros, humanos, hemos pasado por la misma situación que estos cachorros. Se nos ha exigido la perfección desde pequeños, se nos ha pedido ser pequeños adultos cuando, en realidad, lo único que necesitábamos era tiempo para explorar. Explorar nuestro entorno, explorarnos a nosotros mismos.


Es por todo esto por lo que en todas mis sesiones como educadora canina invito a los humanos a ponerse en el lugar del perro. Creo que es la mejor forma de crecer, no solo ellos, si no nosotros también.

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